Su amistad llegó a tal extremo que a veces se quedaba dormida en un sillón, en la casa de Saint-Dominique, mientras él escribía su crónica semanal; la cubría con una manta, cerraba una ventana par que no le diera el frío y, al concluir su trabajo, hacía sacar el coche para acompañarla hasta la mansión de los Lytton.
Era un relación de compañerismo con un toque de sensualidad entre ambos.
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