Él dejó el candelabro en un taburete y, antes de sentarse, puso una mano sobre su nuca y la besó en la cabeza, demorando la caricia más que lo acostumbrado. Cuando se sentó, ella le echó los brazos al cuello y puso la frente en su pecho. Sin barbilla sobre su hombro, meciéndola como si fuera una criatura. Sintió el rostro ardiendo, la humedad salada de sus mejillas y el pecho cerrado por los sollozos.
Cuando el cuerpo de ella se entregó a su afecto, le separó el pelo de la cara, echándolo hacia la espalda.
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